26 de agosto de 2011

Movilización Social en Chile



Por Armando Uribe

(Publicado en la Sociedad de Poetas Anónimos)

La realidad no les cabe en la cabeza. El gobierno trata desesperadamente de entender lo que está ocurriendo en las calles de Chile. Un número importante de organismos del Estado, sobre todo los que manejan los asuntos de seguridad, el análisis político y la gestión de crisis, están apremiados de preguntas para las cuales no tienen respuestas: qué organizaciones están detrás de las movilizaciones, quiénes son los dirigentes, si tienen o no nexos con grupos terroristas o extremistas, cuáles son los márgenes de negociación.

Están condenados a analizar textos y reivindicaciones, a revisar las páginas Internet y las redes sociales, a estudiar libros y documentos que hablen sobre movimientos estudiantiles, comunistas, anarquistas, sindicales, medio ambientalistas, indígenas, anti-neoliberales, etc. Tratan de saber si se trata de una maquinación, de una maniobra, de un ensayo de desestabilización con nexos en el extranjero (vaya uno a saber), de un asunto de índole terrorista…

No conoceremos nunca, por cierto, la extensión de sus indagaciones, hasta dónde les ha llevado o llevará la angustia de no tener solución para lo que le está pasando a la derecha. Exasperado, el presidente de Renovación Nacional, Carlos Larraín Peña, senador a dedo, se sale de sus carriles clamando: “¡No nos va a doblar la mano una manga de inútiles subversivos, que están instalados muchos de ellos desgraciadamente en un Parlamento, que no supimos ganar!” Antes de perder el control de manera tan llamativa y sacar a lucir el vocabulario de Pinochet, tal vez podría Larraín haberse percatado que las marchas y cacerolazos no son dirigidos desde el parlamento, y haberle preguntado su opinión a Marcelo Schilling, diputado inicialmente nombrado a dedo también, especialista de asuntos clandestinos.

Aunque en mi opinión no hubiera aprendido nada: el Partido Socialista de Chile, como el gobierno y los partidos políticos en general, tampoco entiende o quiere entender lo que está pasando.

En primer lugar el gobierno y la oposición se niegan a entender que el desasosiego en la educación —su carestía, su inequidad, su inepcia—, ya no se restringe a ese único campo.

En segundo lugar que los escolares, los estudiantes, los profesores, los apoderados, etc., están trazando una línea: a un lado casi toda la sociedad civil, y al otro casi toda la sociedad política.

En tercer lugar que los partidos políticos, hasta los más pequeños, tienen poca o ninguna influencia en esto, para qué hablar de supuestos terroristas o manipuladores extranjeros.

En cuarto lugar, que una nueva generación llegó a madurez. Como lo escribe un(a) joven anónimo(a) en un blog, “La gente se pregunta por qué ahora se hace el movimiento estudiantil. ¿Por qué ahora que la derecha está en el poder? Es porque cuando asumió Aylwin yo estaba recién naciendo. Cuando Frei fue presidente, yo estaba en el jardín o entrando al colegio. Cuando estaba Lagos, recién estaba dejando de lado mi muñeca o dejando de jugar a las cartas pokemon. Y cuando Bachelet fue presidenta, participé de la revolución pingüina y creí que los políticos eran verdaderos y depusimos las movilizaciones. Y ahora que está Piñera estoy grande y veo la realidad de mi país. Esto es un cambio generacional, no se trata de cagar a Piñera, somos la generación que nació libre, libre de miedo a expresarse, pero no libre de luchar por lo que queremos.”

Que les produzca terror es lo de menos. Las asesorías que están pidiendo a diestra y a siniestra (se dice que hasta en Canadá), no les servirán de nada, mientras no admitan estos hechos.

Lo que se preguntan unos y otros es cómo salir de esto. Sin embargo cada vez que las radios interrogan a colegiales de uniforme, estos dan la respuesta sin vacilar: una nueva Constitución, mediante una Asamblea Constituyente.

Los estudiantes secundarios son perspicaces, los políticos no.

Parlamentarios y partidos han tratado de minimizar (cuando no de ocultar) el asunto haciendo proposiciones de plebiscito acerca de la educación, lo que sigue siendo notoriamente insuficiente, porque la solución es sin duda ninguna abrir el camino hacia una nueva Constitución, a condición de no ser elaborada de forma privada, reservada y secreta como se hizo con la de 1980 y con el cuerpo de reformas constitucionales de 2005.

No es una opinión de anarquistas desalmados, de mapuches subversivos ni de flaites extremistas. Lo dijo con estas mismas palabras una persona indudablemente razonable y moderada, el abogado DC Hernán Bosselin Correa, en un congreso dedicado a la “Reforma política y nueva Constitución” (Universidad Central, 25 de agosto de 2008):

“¿Cuál es la diferencia entre una reforma, un cambio, una nueva Constitución elaborada con la participación del pueblo soberano a través de una instancia democrática a la cual le damos el nombre de Asamblea Constituyente, y una reforma constitucional elaborada por una comisión reservada de senadores o diputados? La diferencia es de carácter sustancial. El país, la comunidad nacional está reclamando tener participación, participar en el manejo de la cosa pública, no ser excluido, no ser eliminado y no entregar el manejo de la cosa pública al monopolio de determinados partidos políticos. Estamos viviendo un proceso de deterioro progresivo y muy profundo de lo que son los partidos políticos en la consideración pública, y también estamos viendo cómo la opinión pública desvaloriza en un porcentaje realmente preocupante lo que es la democracia. Interesar a la comunidad nacional en participar en la elaboración de una nueva Constitución es generar una dinámica muy poderosa, muy potente para introducir cambios en la sociedad chilena […] Ir a la dictación de una nueva Constitución, a la elaboración de un nuevo cuerpo constitucional no solamente es una necesidad de carácter político, o un tema de tratadistas de derecho constitucional o de personas preocupadas por el punto de vista ideológico o doctrinario, sino que es una necesidad del cuerpo social, desde el punto de vista económico y social, para lograr alcanzar el desarrollo.”

25 de agosto de 2011

Manifiesto por una Educación Emancipadora y Transformadora


Somos un grupo de educadores, profesionales y ciudadanos profundamente interesados en la construcción de un sistema social que garantice educación de excelencia para Chile, por lo que apoyamos ética y políticamente las propuestas de mejoramiento de la calidad que están realizando los estudiantes secundarios y universitarios, junto al profesorado y a los distintos sectores de la comunidad nacional. Adherimos sin ambivalencias a la búsqueda de una educación basada en la justicia, de carácter laica, plural y sin fines de lucro, con la presencia de un Estado fortalecido capaz de gestionar la educación como un todo. Sabemos que el modelo educativo que tenemos es reflejo de la sociedad que existe y que los cambios que hagamos se reflejarán en cambios sociales a mediano plazo y largo plazo.

Nos interesa manifestar nuestra comprensión de lo que debería incluir una nueva postura de país sobre el sentido y los fines de la educación, y sobre lo que hemos de entender como calidad de la educación. Es nuestra opinión que el actual debate sobre la educación ha sido muy iluminador y ha tensionado el sistema político dominante, pero que no ha mostrado, lamentablemente, la importancia de dotar a estas demandas políticas y sociales de la necesaria fundamentación pedagógica para levantar un contenido educativo coherente, sustentable y prospectivo.

En este escenario, manifestamos y proponemos lo siguiente:

I. Pedagogía como saber especializado de la educación

Entendemos que las nuevas políticas públicas en educación deben estar avaladas por el aporte generoso y lúcido de las llamadas ciencias de la educación, esto es, disciplinas especiales cuyo objeto de estudio es la educación, tales como psicología de la educación y sociología de la educación, constituyendo referentes muy fértiles para comprender la educación como proceso de socialización y de formación de la persona humana. Sin embargo, frente a una educación dinámica y compleja, este aporte trae consigo una mirada compartamentalizada y unidimensional de la realidad de la escuela y de la educación.

Manifestamos, al respecto, que la pedagogía es la principal disciplina llamada a reflexionar sistemáticamente sobre la educación, capaz de articular las distintas aportaciones científicas y filosóficas existentes y de nutrir a la educación de sentidos o de una razón de ser.

Queremos que el desarrollo presente y futuro de la educación chilena se desprenda esencialmente de una discusión pedagógica sobre la educación que tenemos, y sobre la educación y el país que deseamos.

II. Pedagogía como práctica educativa reflexiva y emancipadora

Resaltamos que, así concebidas, la pedagogía y la educación no son neutrales, constituyendo más bien campos profesionales, de producción de conocimientos y de intervención caracterizados por la permanente presencia de conflictos epistemológicos, ideológico-filosóficos y, por lo tanto, valóricos. Hace falta, en consecuencia, develar cuáles son esos intereses centrales que subyacen en los distintos actores que piensan, gestionan y vivencian la educación. En este contexto, el actual movimiento social debiera explicitar su rechazo a una educación que ha resultado ser controladora, castigadora, asistencialista y homogeneizadora.

Manifestamos que la educación que nuestro país requiere es una educación liberadora y dialógica cuyo propósito principal sea el desarrollo del pensamiento crítico y transformador en las nuevas generaciones, con vistas a construir una sociedad más justa, más solidaria, más incluyente, más participativa, en fin, más feliz.

Queremos una educación que resignifique y expanda todas las fronteras mentales, morales y culturales de cada uno de los habitantes de este país.

III. Educación de calidad como derecho humano

Constatamos que, desde un punto de vista constitucional y de los derechos humanos, en el ADN de las actuales políticas públicas en educación no existe la urgencia de contar con una «educación de calidad». Vemos que una «buena educación para todos» no representa aún un derecho irrenunciable, estando supeditada esta noción valórica a otros derechos asociados a la educación, tales como: acceso a la educación, el derecho a la enseñanza, el derecho a generar ganancias por administrar un colegio, la libertad de pensamiento, etc.

Manifestamos firmemente que la educación de calidad debe ser entendida como un derecho para cada chileno y chilena, en todos los niveles del sistema escolar, sin distinciones ni condicionantes de ningún tipo.

Queremos que Chile le asegure inequívocamente a cada nuevo habitante de este país similares oportunidades educativas, volumen equivalente de recursos económicos y didácticos para aprender a ser, para aprender a convivir, para aprender a hacer y para aprender a aprender.
IV. Educación sin lucro y equitativa

Reconocemos que una educación de calidad representa un desafío ético y político de alta relevancia para el conjunto del sistema social y que su concreción como ideal democrático no puede ser, bajo ninguna circunstancia, mermada ni puesta en riesgo por intereses instrumentales y egoístas amparados en la lógica de mercado y de productividad de corte capitalista. Al Estado le corresponde velar por la calidad de la educación, delimitando y resguardado los marcos éticos y legales sin los cuales, lastimosamente, la educación pública y privada dejan de ser un bien público y pasan a ser un bien de consumo. Lucrar en y con la educación representa una matriz de sentido que distorsiona y entrampa la dimensión colaborativa, cultural e intersubjetiva del fenómeno educativo.

En este sentido, manifestamos nuestro mayor rechazo a la idea de lucrar con la educación y, con ello, desfavorecer, una vez más, a los sectores más vulnerables y postergados de este país.

Queremos, en consecuencia, que el lucro sea reemplazado por el valor de la equidad y de la inclusión.

V. Educación pública y Estado docente

Observamos que el proceso de municipalización iniciado por el gobierno militar en los años 80’s, orientado claramente a desarticular la educación pública y a generar mayor control ideológico en las escuelas, ha llegado a un nivel de deterioro ostensible, suponiendo una lamentable y creciente migración de sus estudiantes al sector particular subvencionado. Nos interesa, además, rechazar la pretensión de una cierta “desmunicipalización” en cuanto noción propuesta por el actual gobierno que supone solapadamente “más privatización”.

Manifestamos, en este contexto, que la “desmunicipalización” es un proceso necesario para el mejoramiento de la calidad de la educación chilena, siempre y cuando ello implique una revitalización del rol del Estado en lo referido a trazar políticas educativas basadas en el bien común; en el ampliación de los recursos invertidos en los establecimientos; en el aumento de la capacidad de desarrollar una gestión eficiente y directa del Estado en las principales escuelas y liceos del país; en la legítima expectativa de recuperar una educación gratuita para los sectores medios y bajos de la sociedad.

Queremos, muy especialmente, alentar “desmunicipalización” si la idea de una educación pública lleva consigo procesos crecientes de dignificación de todos los profesores y profesoras del país.

VI. Educación emancipadora en las aulas y escuelas de Chile

Comprendemos que está pendiente aún debatir con respecto al contenido y significado de una educación de calidad, supuesta la idea de una educación sin fines de lucro, diversificada y adecuadamente tutelada por el Estado. Hace falta una discusión esencialmente pedagógica que permita discernir qué es aquello que define, desde un punto de vista curricular y sobre todo didáctico, lo que hemos de entender por calidad educativa. Al respecto, nos interesa resaltar, sin ambages, que la calidad de la educación es un desafío pedagógico abierto, en construcción, que exige modificar profundamente las condiciones con que se encuentran cara a cara estudiantes y educadores a propósito de un saber a aprender.

Manifestamos que, lamentablemente, la crisis de la educación persistirá si los cambios demandados hoy no apuntan a modificar las prácticas educativas cotidianas que se viven en el grueso de las escuelas del país, de modo que la calidad educativa anhelada signifique contar con profesores capaces de generar intervenciones orientadas al logro de aprendizajes significativos en sus estudiantes y que conviertan el aula en un lugar de coexistencia basado en la seguridad, la confianza, el diálogo y el mutuo respeto.

Queremos enfatizar que hace falta, esencialmente, desplegar cambios que iluminen a las escuelas en la tarea de fundar proyectos educativos emancipadores cuyo propósito mayor sea la formación de ciudadanos críticos, democráticos y democratizadores.

VII. Dignificación y autonomía profesional docente

Interpretamos que, en el marco de la función del Estado y del papel formativo de las instituciones de educación superior, existe un cierto «círculo epistemológico perverso» en la formación de profesores puesto que, por un lado, los queremos como «mejores profesores», esto es, más eficientes y productivos pero, por otro lado, no estamos dispuestos –desde las concepciones científicas y sociales vigentes- ni a valorarlos como profesionales de la socialización, ni a permitirles que sostengan gremialmente propuestas desde su propia identidad profesional.

Manifestamos, en este sentido, que es de ineludible importancia para el país la implementación de una política de desarrollo profesional docente que garantice una formación común y pedagógica de excelencia en todas universidades del país, que releve la autonomía profesional docente como criterio mayor de calidad, que garantice a todos los educadores y educadoras las condiciones de vida material y espiritual que se merecen y, sobre todo, que reconozca públicamente el permanente y generoso aporte del profesorado al desarrollo cultural, social y económico del país.

Queremos que cualquier experiencia de revolución educativa sea hecha a favor de los profesores y, en ningún caso, sin ellos o en contra de ellos.
 
 
VIII. Debate educativo y razones pedagógicas de un cambio social

Valoramos largamente la idea de concebir, incentivar y conquistar las transformaciones educativas requeridas a partir, principalmente, de las aportaciones y miradas de los distintos actores del sistema educativo, esto es, docentes, apoderados, estudiantes y administrativos. Sabemos muy bien que, parte fundamental de este movimiento ciudadano de cuestionamiento a la lógica del sistema educativo, sólo ha sido posible gracias al coraje y lucidez de miles de jóvenes nacidos desde el año 90 en adelante.

Agradecemos, además, la generosa contribución comprensiva y comprometida que hacen los distintos estudiosos y analistas de la educación, pues, sin este aporte ninguna lectura crítica de la realidad educativa es posible.

Manifestamos, con todo, que hasta ahora nos parece subvalorado aquello que la pedagogía -como el saber sistemático y responsable de la educación- debiera ofrecer, es decir, sentidos para hacer aquello que se hace; razones sobre los fines y propósitos de educar; argumentos sociales, éticos, políticos, pero sobre todo, profesionales, para discernir lo que se debe hacer en una sala de clases, en una escuela, en una sociedad como la actual.

Queremos que sea la pedagogía de los educadores chilenos y latinoamericanos la que aporte las orientaciones necesarias para diseñar un proceso de cambio efectivo, dialogado, participativo y reflexionado del aula, de la escuela y de su entorno social y cultural.


Nos parece, en suma, que no habrá una escuela de calidad, en una sociedad sustantivamente renovada en el desafío de construir un Chile justo y más alegre, si no sumamos comprensiones pedagógicas de inspiración crítica y transformadora.

Ese es el principal deseo ético y político de los abajo adherentes.


Colegio Paulo Freire del Elqui
Movimiento Pobladores en Lucha
Profesores de la Escuela de Educación de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano

15 de agosto de 2011

Los inútiles subversivos le enseñan a los tontos útiles sobre educación




Domingo Bazán Campos
Profesor

Pasada ya una semana de la noticiosa frase en torno a los “inútiles subversivos”, en alusión a los estudiantes movilizados, por parte de un Senador de derecha, es conveniente hacer algunas reflexiones pedagógicas sobre lo que se quiso decir y lo que no se dijo. Partamos de la base que se trata de un enunciado de carácter político, por lo que amerita una comprensión sociocrítica sobre el significado de esta idea. No me referiré a la fertilidad de su autor porque me da la impresión de que le queda todavía mucha creatividad para seguir buscando la trascendencia política por la vía de sorprendernos regularmente con sus exabruptos intelectuales.

En lenguaje de politólogo, la palabra subversión significa grosso modo cualquier intento por cambiar o derrocar las estructuras de autoridad, las hegemonías culturales o los mecanismos de concentración de la verdad. Así, la actividad subversiva es un medio para hacer la revolución, es decir, para lograr el cambio profundo de las cosas. Por su parte, la idea de utilidad se refiere al provecho, interés o sentido que puede tener algo. Por antonomasia, lo inútil es lo que no interesa ni tiene provecho o carece de sentido para quien lo dice.

¿Qué se quiere decir con inútiles subversivos para referirse a los jóvenes movilizados? Algunas hipótesis pueden ser valiosas, mas no necesariamente ciertas:

1)      Son inútiles subversivos quienes quieren cambiar algo que no se puede o no se desea cambiar. Esta hipótesis es coherente con la arrogancia y soberbia con que la derecha y el gobierno han enfrentado ideológicamente el tema de las demandas estudiantiles. En el fondo, no ven o no comparten la necesidad ética y política de eliminar el lucro en educación, de otorgar similares oportunidades de acceso a educación de calidad a todos los chilenos o, sencillamente, de restituir el rol del Estado en la gestión de la educación pública.

2)      Son inútiles y subversivos porque no caben en el modelo de sociedad que le interesa a la derecha. Efectivamente, en la cultura e ideología de la derecha no tiene sentido ni valor querer cambiar esta sociedad, pues, el modelo económico y los valores que imperan les agradan y le conviene. Se trata de un conservadurismo indolente que sobrevalora el individualismo, el conformismo, la competencia, el egoísmo. Por lo tanto, los jóvenes incomodan, son disfuncionales porque en lugar de consumir se preocupan de los otros y ponen “irracionalmente” en riesgo sus estudios y sus propias vidas por el deseo retrógrado de construir una sociedad solidaria, socialista, sustentable.

3)      Son subversivos inútiles porque constituyen anomalías que ha creado la propia educación que se quiere cambiar: En el fondo, sabemos que el mejor resultado de la “buena educación” es no querer cambiar nada, es resignarse al orden establecido, es hacer lo que hay que hacer. Por lo tanto, si un grupo de personas, de vez en cuando, emerge organizadamente para expresar su cuestionamiento a los medios o fines que caracterizan una sociedad estamos frente a una excepción indeseable del sistema de socialización y constituyen anormalidades o enfermedades sociales que el propio sistema debe adecuadamente sanar (léase reprimir, castigar, encarcelar). Tratar a los jóvenes de inútiles subversivos es el paso previo a llamarlos a todos lumpen y, en consecuencia, eliminarlos social (y biológicamente) de la sociedad.

Lo paradójico aquí es que la derecha olvida que la educación tiene y tendrá dos funciones sociales. Por un lado, la educación mantiene las normas y creencias dominantes, reproduce la sociedad y controla a la gente. Por el otro, emancipa a la gente, abre ventanas para airear la sociedad y forma sujetos potencialmente subversivos, esto es, capaces, de enfrentar al poder con las armas de los argumentos y de la desobediencia pacífica. Durante años hemos visto cómo la educación chilena ha hecho muy bien la primera tarea, postergando lastimosamente la segunda.

Es un dato relevante, además, que la derecha se enfrente hoy con jóvenes que mayoritariamente nacieron en democracia, a comienzos de los noventa. Pues, por más mal que lo haya la Concertación en materia de educación, parece haber sentado las bases de una generación de jóvenes valientes, con pensamiento crítico, capaces de leer y denunciar los propios errores de la izquierda concertacionista y de levantar en pleno gobierno de derecha uno de los mayores episodios subversivos y revolucionarios que ha visto este país en los últimos 30 años.

Entonces, quienes no entienden lo que está ocurriendo es porque los rodea la metaignorancia moral y política de ese sector de la sociedad que ignora lo que ignoran. Por eso, se tilda de inútiles a los que sí son útiles y de subversivos a los que nos están ayudando a todos a entender que Chile nunca será un país grande y justo si no invierte profundamente en educación, en procura de una educación laica, plural y sin fines de lucro.

Quienes pretenden menoscabar a los estudiantes movilizados tratándolos de inútiles subversivos son, después de todo, verdaderos tontos útiles de los sectores más egoístas de este país, los que se han enriquecido y envilecido con toda la libertad que da el sistema social y político que nos legó la dictadura militar. Claramente, faltan más de estos jóvenes inútiles y faltan más de las instituciones educativas que forman jóvenes subversivos en  el equilibrio armonioso entre la reproducción con la transformación social.